Crecí en la parroquia MSC de San Pío X, en Fernando de la Mora, Paraguay. Era mi casa, mi familia, mi mundo. Desde niño veía a los Misioneros del Sagrado Corazón y algo me intrigaba: ¿qué lleva a alguien a dejar su país, su comodidad y su gente para servir a otros?

Ellos -junto a las Misioneras del Sagrado Corazón- marcaron mi vida sin darse cuenta. Visitaban mi casa, compartían momentos, celebraciones, misión. Y en mí empezó una inquietud: creía en Dios, pero sentía que mi vida podía ser más grande que solo “creer”. La misión empezó a sonar como un llamado.

El punto de quiebre

Me fui involucrando más en mi capilla, en mi comunidad. Pero el gran antes y después fue la JMJ de Río de Janeiro. Allí vi algo distinto: jóvenes MSC de todo el mundo, culturas diferentes, pero un mismo corazón misionero. Me explotó la cabeza: la misión no era solo local… era global.

Además, el acompañamiento del P. Juan Molina, MSC fue clave. Había conocido otros sacerdotes y congregaciones, pero en los MSC vi algo especial: cercanía real, sencillez, humanidad, una fe vivida sin máscaras. Eran profundamente espirituales, pero auténticos. Y eso me atrapó.

La gran pregunta

Mientras estudiaba administración en la universidad, empecé un año serio de discernimiento. Tenía la duda: ¿ser diocesano o MSC?
La respuesta llegó en un retiro, cuando me pregunté:

“Si Jesús dio la vida por mí… ¿qué estoy dispuesto a dar yo por Él?”

Ahí entendí que no quería solo una devoción, sino un estilo de vida: llevar el Amor de Dios a todas partes, de forma concreta, misionera, radical.

Así que dije sí. En 2014 entré a los MSC.

No fue fácil. Mi mamá al inicio no lo aceptaba. Me dolía no sentir su apoyo. Hubo dudas, lágrimas, silencios… pero seguí adelante. A veces seguir la vocación duele, pero también libera.

Misión que te cambia la vida

La formación me llevó por Paraguay, Brasil, El Salvador, Honduras… y cada lugar me moldeó.

En Brasil trabajé con niños vulnerables y en centros de recuperación para personas con adicciones. Allí aprendí algo brutal:
antes de juzgar, hay que escuchar.
antes de predicar, hay que acompañar.

En El Salvador viví misiones en barrios periféricos, zonas rurales, hospitales, acompañando a enfermos terminales y a sus familias. Momentos donde entiendes que ser misionero no es romántico… es real, duro, profundo y hermoso.

Cuando la duda vuelve

Antes de mis votos perpetuos pasé por una crisis fuerte. Dudé de todo.
Pero en una casa de recuperación, personas heridas por la vida me dijeron:
“A través de ti hemos sentido el Amor de Dios.”

Ahí entendí algo gigante:
aunque yo estuviera roto, Dios estaba usando mi historia para sanar a otros.
Incluso mi propia herida -la adicción de mi padre- se transformó en misión.

Hoy: un joven MSC, con orgullo

Hoy vivo la misión en mi comunidad de origen, intentando ser un “Cristiano diferente”. No perfecto, pero en camino.
Recientemente ordenado diácono, quiero servir no por prestigio, sino por Cristo.

Disfruto ser MSC. Disfruto la misión. Disfruto entregar la vida.

Y me quedo con una frase que marcó mi corazón, del P. Marvin:

“Cristhian, sé feliz y haz felices a los pobres.”

Autor: Hno. Cristhian Mancuello MSC