Hola. Soy el P. Richard JunJeong Kim, MSC, de Corea del Sur.
Muchos dicen que mi vocación es un milagro.
Yo también lo creo.
Porque mi camino hacia Dios no fue fácil, ni bonito, ni cómodo. Fue una historia de gracia… pero también de lágrimas, miedo y resistencia.
Creer cuando nadie te apoya
Me bauticé a los 18 años, justo antes de Navidad.
En mi familia nadie era católico.
Para bautizarse en Corea hay que ir seis meses a catequesis.
Yo tardé dos años… y tres intentos.
No porque fuera flojo.
Sino porque mis padres me lo prohibían.
Cuando mi padre se enteró de que iba a la iglesia, me gritó con rabia, me obligó a arrodillarme, a llorar, a prometer que no volvería.
Pensaba que la Iglesia era una secta peligrosa, un lugar para gente loca.
Yo era solo un adolescente.
Me sentía solo, culpable, asustado… pero convencido de que Dios era real.
Creer en secreto
En el segundo intento, fui a catequesis a escondidas.
Tenía miedo incluso de que las monjas llamaran a mi casa.
Pero mi padre volvió a descubrirlo.
Más gritos. Más lágrimas. Más promesas forzadas.
Más dolor.
Me sentía atrapado entre amar a mis padres y ser fiel a lo que creía.
El bautismo… y la humillación
En el tercer intento, por fin logré bautizarme.
Mis amigos vinieron. Me regalaron flores, rosarios, cruces.
Era feliz.
Pero al volver a casa, mi padre entró en mi habitación y lo destrozó todo.
Tiró los ramos al suelo.
Rompió las cruces.
Destruyó los rosarios.
Ver aquellos regalos rotos —signos de fe y de cariño— me partió el corazón.
Discutimos hasta el amanecer.
Y otra vez tuve que arrodillarme, llorar y prometer que no iría más a la iglesia.
Seguir creyendo… aunque duela
Mi padre me prometió que, si entraba a una buena universidad, iría conmigo a la iglesia.
Cumplí mi parte.
Pero él rompió su promesa.
Yo seguí yendo en secreto.
Estudié Economía y Literatura Japonesa.
Trabajé siete años en Samsung.
Tenía una vida estable. Un futuro seguro.
Peo dentro de mí había otra voz:
Dios me estaba llamando a algo más grande.
Elegir a Dios… y perderlo todo
Cuando decidí entrar a los Misioneros del Sagrado Corazón, mi familia se rompió.
No podía volver a casa.
Dormía en baños públicos o en casas de amigos.
Mis padres lloraban, gritaban, se desmayaban, me suplicaban que renunciara.
Mi padre me dijo palabras que aún hoy pesan en mi corazón:
“¿Cómo puedes decir que vas a amar a los demás si abandonas a tus padres?”
Durante años, mi madre ni siquiera me miraba.
Fue una de las etapas más duras de mi vida.
Cuando la oración parece no funcionar
Un amigo me dijo algo que cambió todo:
“Deja de intentar convencerlos. Solo recemos.”
Desde entonces, pedí a todos solo una cosa: oración.
Dios no respondió cuando yo quería.
Ni como yo quería.
Pero mirando atrás, entiendo algo:
Dios caminaba conmigo incluso cuando yo pensaba que estaba solo.
Hoy: sacerdote… y testigo de un milagro
Hice mis votos perpetuos.
Me ordené sacerdote.
Mis amigos dicen que es un milagro.
Y sí… lo es.
Mis padres todavía no quieren saber nada de la Iglesia.
Pero creo que Dios sigue trabajando en sus corazones, a su ritmo, a su manera.
Si estás luchando… no te rindas
Si sientes que Dios no te escucha,
si llevas heridas familiares,
si cargas con dudas, miedos o rechazo,
recuerda esto:
Dios camina contigo incluso cuando no lo sientes.
Tu vocación puede nacer del dolor.
Los milagros existen… aunque tarden.
Si hoy sientes una inquietud por la vida religiosa, por la misión, por los MSC…
no apagues esa voz.
A veces, Dios escribe las vocaciones con lágrimas… pero también con fuego.
“Amado sea en todas partes el Sagrado Corazón de Jesús.”
Autor: P. Richard JunJeong Kim, MSC