La santidad que nace del pueblo
“Estoy en prisión por defender el matrimonio y la obra de Dios. Debo morir. Ya me han condenado.”
Estas palabras, pronunciadas por Peter To Rot poco antes de ser asesinado, no son solo una despedida.
Son el resumen de una vida entregada, de una fe valiente y de una santidad laical nacida en la misión compartida.
El Papa León XIV lo ha proclamado santo:
primer santo nativo de Papúa Nueva Guinea,
catequista laico,
defensor de la familia,
y testigo de que la misión no es solo cosa de sacerdotes, sino de todo el Pueblo de Dios.
Una fe sembrada por la misión
Peter nació en un hogar donde la fe era reciente, pero ardiente.
Sus padres fueron de los primeros bautizados de su pueblo, fruto del trabajo misionero de los Misioneros del Sagrado Corazón, enviados en 1882 por deseo del Papa León XIII y de nuestro fundador, Julio Chevalier.
Su padre, Angelo To Puia, jefe de la comunidad, dejó atrás prácticas ancestrales como la brujería y el canibalismo.
Su conversión fue un signo fuerte:
el Evangelio podía transformar corazones,
pero también transformar culturas enteras.
Ofreció terrenos para construir la iglesia, la escuela y la casa de los misioneros.
La fe dejó de ser algo privado para convertirse en un proyecto comunitario.
Peter creció en ese ambiente:
oración, servicio, misión y amistad con los misioneros.
Catequista: un laico en primera línea
Desde niño amaba la Eucaristía y servir en misa.
A los 18 años, animado por el P. Carl Laufer, se formó como catequista.
Ser catequista en misión no era un “voluntariado ligero”.
Era una vocación radical.
Ellos:
- sostenían la fe cuando los misioneros no estaban
- bautizaban
- acompañaban enfermos
- reunían a la comunidad para rezar
- defendían la vida cristiana del pueblo
Peter aceptó con alegría.
No era un gran orador, ni buscaba protagonismo.
Su estilo era silencioso, firme, constante.
Predicaba más con su vida que con sus palabras.
Cuando creer se vuelve peligroso
Durante la Segunda Guerra Mundial, Papúa Nueva Guinea fue invadida por Japón.
Los misioneros fueron encarcelados.
La práctica religiosa fue primero limitada… y luego prohibida.
Ahí comenzó la verdadera prueba.
Peter entendió que no podía abandonar a su gente.
Sabía que lo podían matar.
Pero siguió.
En secreto:
- visitaba familias
- organizaba oraciones
- enseñaba la fe
- sostenía la esperanza
Salía de noche, arriesgando la vida, porque sentía que
abandonar la fe del pueblo habría sido peor que morir.
Defender el amor cuando el mundo se corrompe
Al final de la guerra, las autoridades japonesas promovieron el regreso de antiguas costumbres, incluida la poligamia.
Peter se opuso con valentía.
Defendió el matrimonio cristiano y la dignidad de la familia.
Esto incomodó a hombres poderosos que querían tomar mujeres ya casadas.
Uno de ellos, el policía To Metapa, lo denunció y lo hizo arrestar.
En prisión, Peter no se retractó.
No pidió perdón por ser fiel.
No negoció su conciencia.
Estaba en paz porque sabía que había defendido la verdad del Evangelio.
Martirio: cuando la fidelidad cuesta la vida
En julio de 1945, un médico le aplicó una inyección con la excusa de curarlo.
En realidad, fue envenenado.
Mientras agonizaba, le taparon la boca.
Así murió un catequista laico.
Sin armas.
Sin odio.
Solo con la fuerza de la fe.
Después dijeron fríamente:
“El chico de la misión estaba enfermo y ha muerto.”
Pero la Iglesia hoy proclama:
no fue un enfermo
fue un mártir
fue un santo
Una santidad cercana, posible y misionera
Peter To Rot no fue sacerdote.
No fue obispo.
No fue teólogo.
Fue:
- esposo
- padre
- catequista
- creyente fiel
- laico comprometido
- misionero en su propia tierra
Su vida demuestra que
la santidad no es solo para religiosos,
la misión se construye juntos,
y la fidelidad cotidiana puede cambiar la historia.
No levantó banderas.
No empuñó armas.
Su fuerza fue el Evangelio.
Su arma fue la verdad.
Su legado es una fe viva que sigue dando fruto.
Autor: Javier Trapero