Las biografías de San Buenaventura cuentan que mantuvo una amistad profunda y singular con otro gigante del pensamiento cristiano: Santo Tomás de Aquino. Aunque tenían enfoques distintos —sobre todo en la relación entre filosofía y teología—, se respetaban profundamente. El Papa Sixto V, admirando a ambos, los llamó “dos olivos y dos candeleros resplandecientes en la casa de Dios”, capaces de iluminar a toda la Iglesia con la caridad y la ciencia.

Se conservan anécdotas hermosas sobre su amistad. En una ocasión, Tomás visitó a Buenaventura y lo encontró escribiendo la vida de San Francisco de Asís. Con delicadeza, comentó: “Deja que un santo escriba sobre la gloria de otro santo.” Los dos creían que el estudio no es un fin en sí mismo, sino un camino para conocer y amar a Dios, el verdadero destino de toda vida humana.

En el mundo franciscano hubo, al principio, cierta desconfianza hacia el ambiente universitario. ¿No corrían los frailes el riesgo de perder la sencillez? Buenaventura demostró lo contrario: se puede ser sabio sin dejar de ser pobre, humilde y orante. Enseñó teología sin traicionar el espíritu franciscano.

Un fraile sencillo le preguntó un día:
“¿Puede un ignorante amar a Dios tanto como un sabio?”
Buenaventura respondió con claridad:
“Una anciana puede amar a Dios más que un maestro en teología.”

Porque el saber, si no va acompañado de virtud, puede volverse orgullo. Para él, estudiar bien requería una virtud concreta: la studiositas, es decir, el amor ordenado por la verdad. No se trata de acumular datos, sino de buscar la verdad con humildad, rectitud y amor.

En el camino del conocimiento hay dos grandes peligros. Por un lado, la curiosidad desordenada, ese deseo de saberlo todo por vanidad, prestigio o puro exhibicionismo. Jesús mismo lo recuerda cuando desvía la pregunta sobre “cuántos se salvarán” hacia algo más importante: cómo vivir para salvarse. No todo lo que puede saberse conviene buscarlo.

Por otro lado, está la negligencia, la pereza intelectual: abandonar el estudio por comodidad. Esto es especialmente grave cuando se trata de conocer a Dios. Hay quienes saben mucho de ciencias, de insectos o de teorías complejas, pero no dan el salto hacia el Creador. Conocen las criaturas, pero olvidan a Aquel que les dio la existencia.

San Buenaventura vivió la sabiduría unida a la humildad. Incluso cuando alcanzó gran fama, siguió llevando una vida sencilla en un pequeño convento. En 1273, mientras lavaba platos con las mangas arremangadas, llegaron mensajeros del Papa para anunciarle que había sido nombrado cardenal. Escuchó la noticia con gratitud, pero no dejó el trabajo. Cuando le ofrecieron el sombrero rojo, pidió que lo colgaran de un árbol cercano. Primero debía terminar lo que había empezado, con las manos aún en el agua sucia.

Porque la verdadera grandeza —enseña Buenaventura— no está en los títulos, sino en buscar la verdad sin perder la humildad, y en dejar que el saber nos acerque a Dios, no a nuestro propio ego.