La relación de las mujeres con la Biblia ha sido, desde el comienzo, profunda, viva y transformadora. Igual que los primeros cristianos que se preparaban para el bautismo, ellas recibían una formación sólida en la Palabra de Dios, no solo aprendiendo el sentido literal de los textos, sino también su profundidad espiritual. Después del bautismo, la predicación seguía alimentando su fe y su comprensión de las Escrituras.

Los primeros escritos bíblicos elaborados por mujeres que conservamos hoy se remontan a finales del siglo II. En ellos, la Biblia no es solo un libro para estudiar, sino una Palabra para vivir, interpretar y encarnar en la propia historia. Un ejemplo impactante es el de Santa Perpetua, mártir y testigo de una fe valiente y luminosa.

Perpetua fue arrestada cuando aún era catecúmena, y recibió el bautismo en prisión. Mientras esperaba su ejecución en el anfiteatro, escribió un diario que más tarde formó parte de la Pasión de Perpetua y Felicidad. En medio del sufrimiento, el hacinamiento y el miedo, narró visiones que revelan una fe profundamente arraigada en la Escritura: una escalera hacia el cielo, la presencia amorosa de Dios, la lucha contra el dragón, la victoria sobre el mal… imágenes que dialogan con el Apocalipsis y que le ayudaban a comprender su destino a la luz de Cristo.

Perpetua no solo conocía la Palabra: la hacía vida. Se veía a sí misma reflejada en la mujer del Apocalipsis, herida por el mal, pero sostenida por Dios, capaz de vencer gracias a Cristo. Su historia es un ejemplo temprano de cómo una mujer puede leer la Biblia desde su propia experiencia, su cuerpo, su fe y su esperanza.

Por eso podemos decir que fue precursora de tantas mujeres que hoy se acercan a la Escritura como creyentes, estudiosas y teólogas. Esto abre una pregunta profunda: ¿qué significa hacer teología siendo mujer? ¿Qué aporta una mirada femenina a la comprensión de Dios?

Durante siglos, gran parte de la teología ha sido pensada desde una perspectiva masculina. Muchas mujeres han tenido que encontrarse con un Dios descrito, explicado e imaginado casi exclusivamente por varones. Hoy, el desafío es más grande: no se trata solo de cambiar palabras o buscar imágenes femeninas de Dios, sino de releer la fe entera con ojos nuevos, con sensibilidad, experiencia y verdad.

¿Quién puede contarnos cómo comprendieron a Dios María, la Magdalena, la samaritana, la cananea, Marta, Salomé o Juana? Sus voces apenas aparecen en los relatos, pero su experiencia guarda una riqueza inmensa.

Y hay un gesto que lo simboliza todo: Verónica, la mujer que se atrevió a limpiar el rostro desfigurado de Cristo. Mientras otros miraban desde lejos, ella se acercó. Ese gesto puede ser una imagen de la misión de muchas mujeres en la teología hoy: quitar el polvo, las distorsiones y los miedos para ayudarnos a redescubrir el verdadero rostro de Dios, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros.