El atentado contra las Torres Gemelas sigue grabado en la memoria colectiva. En cuestión de minutos, un pequeño grupo de personas provocó una tragedia inmensa, con miles de víctimas y un impacto que sacudió al mundo entero. Ante hechos así, surge una pregunta incómoda: ¿por qué el mal parece actuar con más rapidez y eficacia que el bien? ¿Por qué destruir parece más fácil que construir?

Es una cuestión que atraviesa la historia humana… y también nuestra propia vida. Muchas veces da la impresión de que el mal avanza con fuerza, mientras que el bien logra solo pequeños frutos, cuando los logra.

Pero si Dios es bueno y está presente en todas partes, el bien también lo está. El problema es que no siempre sabemos verlo. Para reconocerlo, necesitamos aprender a mirar con los ojos de Dios: una mirada limpia, misericordiosa, capaz de descubrir incluso el rastro más pequeño de bondad. Y al mismo tiempo, estamos llamados a ser firmes en el bien, a no rendirnos ante el mal, aunque parezca poderoso.

Los santos son una prueba viva de que esto es posible. Uno de ellos es San Estanislao, a quien la Iglesia recuerda el 11 de abril.

Como pastor, fue un hombre cercano, atento a las necesidades de todos, siempre dispuesto a escuchar y a acompañar. Pero su testimonio más fuerte se dio en su valiente enfrentamiento con el rey Boleslao II de Polonia. Fue un auténtico choque entre el bien y el abuso de poder.

El rey llevaba una vida desordenada y cometió graves injusticias. Cuando secuestró a la esposa de un noble, la indignación fue general. Muchos callaron por miedo, pero Estanislao no. Se atrevió a reprender al rey y a advertirle de las consecuencias de sus actos. Boleslao reaccionó con desprecio e ira, intentando humillarlo, pero el obispo permaneció firme, sin dejarse intimidar.

Más adelante, el rey intentó desacreditarlo con falsas acusaciones, manipulando testigos para condenarlo. Cuando parecía que la mentira iba a triunfar, ocurrió un hecho extraordinario que dejó en evidencia la verdad. Durante un tiempo, el rey pareció cambiar… pero pronto volvió a sus viejas actitudes.

Entonces, Estanislao tomó una decisión radical: lo excomulgó públicamente, recordándole que ninguna autoridad está por encima de la justicia y de Dios. Enfurecido, el rey acabó asesinándolo mientras celebraba la misa. A primera vista, el mal había vencido.

Pero la historia no terminó allí.

Con el paso del tiempo, el propio rey comenzó a ser consumido por el remordimiento. Abandonó su vida de poder y buscó una existencia de penitencia, sirviendo humildemente en un monasterio. El mal había hecho ruido… pero el bien fue el que tuvo la última palabra.

Porque, aunque a veces parezca débil o lento, el bien permanece, sana y transforma. Y al final, es siempre él quien escribe el verdadero final de la historia.