El 26 de mayo, la Iglesia nos invita a mirar la vida de San Felipe Neri, un toscano que terminó siendo romano de corazón. Tenía un carácter chispeante, bromista, con un humor fino y provocador. Pero en él, la risa no era superficial ni irreverente: era una forma de corregir con ternura, educar sin herir y acercar a Dios sin dureza.

Cuenta la tradición que una mujer fue a confesarse con él. No llevaba una mala vida, pero tenía el hábito de hablar mal de los demás, rozando a veces la calumnia. Felipe, en lugar de reprenderla con severidad, le propuso una penitencia peculiar: que recorriera Roma desplumando una gallina y dejando que las plumas volaran con el viento. Cuando regresó, el santo le pidió que recogiera todas las plumas esparcidas. La mujer protestó: era imposible. Entonces Felipe le explicó con calma: así funcionan los chismes —se difunden rápido, pero casi nunca pueden repararse del todo.

Felipe sabía que el mayor enemigo de la alegría no es la tristeza, sino el egoísmo: vivir encerrados en uno mismo. Por eso creó el Oratorio, un espacio donde la gente se reunía para rezar, compartir la fe, escuchar buena música y descansar el alma. Allí cabía todo el mundo: ricos y pobres, sabios y sencillos, clérigos y laicos. Para él, nadie debía quedarse fuera, porque juzgar a otros solo conduce a la amargura.

Vivía convencido de las palabras de San Pablo: “Estad siempre alegres en el Señor”. Pero también sabía que la alegría cristiana tiene enemigos claros: el orgullo y la ambición. Por eso consideraba la humildad la virtud más importante. La buscaba en sí mismo y la detectaba en los demás.

En una ocasión, el Papa le pidió que evaluara la autenticidad espiritual de una monja que afirmaba tener éxtasis místicos. El día de la visita llovía intensamente, y Felipe llegó empapado al convento. Al encontrarse con la religiosa, que parecía muy piadosa y recogida, le pidió de repente: “Quítame los zapatos”. La monja, indignada, se negó. Felipe comprendió de inmediato que su espiritualidad estaba teñida de soberbia. Más tarde informó al Papa: donde hay orgullo, no puede haber verdadera santidad.

Paradójicamente, Felipe tenía auténticos dones místicos: visiones, consuelos celestiales e incluso momentos de éxtasis durante la misa. Pero nunca quiso presumir de ellos. Al contrario, hacía todo lo posible por parecer un simple, incluso un poco ridículo: bailaba por las calles, se vestía de forma extravagante, se comportaba como si no tuviera importancia. Era su manera de proteger la humildad… y la alegría.

Cuando el Papa Clemente VIII quiso nombrarlo cardenal, Felipe evitó el honor con humor. Dijo que aceptaría, pero que él elegiría el momento. Y ese momento, sencillamente, nunca llegó.

Porque Felipe sabía algo esencial: todo es vacío si no conduce a la Vida Eterna. Y, al mismo tiempo, comprendía que solo quien vive para el cielo puede saborear la verdadera alegría aquí en la tierra.