“Cantaré eternamente la misericordia del Señor.”
Esta frase del Salmo 89 resume mi historia.
Porque mi vocación no es solo una decisión: es un canto, una respuesta agradecida al amor de Dios, una vida marcada por la misericordia, la confianza y la entrega.
Dios me habló primero a través de la música
Antes de entender la fe con la cabeza, la sentí con el corazón.
La música fue el primer idioma con el que Dios me habló.
En Wagner, en el Adoro Te Devote, en los coros, en el conservatorio… descubrí que la belleza no era casual: apuntaba a Algo —o Alguien— más grande.
Vivía rodeado de partituras, ensayos, conciertos y clases.
Era, como digo a veces, “el católico clásico de domingo”: bautismo, comunión, confirmación y misa semanal.
Hasta que un día mi párroco me lanzó una pregunta directa:
“¿Has pensado en ser sacerdote?”
No supe qué contestar…
pero esa pregunta se quedó sonando dentro de mí, como una nota que no se apaga hasta que encuentra su armonía.
Descubrir el carisma MSC: amado antes que enviado
A través de un sacerdote brasileño conocí a los Misioneros del Sagrado Corazón.
Cuando leí nuestras Constituciones, una frase me atravesó el alma:
“Vivimos en comunidad fraterna la fe en el amor compasivo del Señor, y somos enviados al mundo para anunciar su amor.”
Ahí lo entendí:
antes de sentirme enviado, me había sentido profundamente amado.
Dios no me llamó desde la exigencia, sino desde la ternura.
Mi vocación nació de una experiencia concreta:
sentirme amado, sanado, levantado y enviado por el Amor del Corazón de Jesús.
Inspirado por testigos reales
Me marcaron figuras de nuestra familia MSC:
misioneros entregados, mártires valientes, pastores apasionados.
Pero sobre todo, el P. Julio Chevalier, nuestro fundador.
Él me enseñó que el Sagrado Corazón no es una devoción bonita, sino una fuerza viva que cura un mundo herido.
Comprendí que seguir a Cristo no es huir del mundo,
sino abrazarlo con un corazón compasivo.
Una vocación sin fronteras
Mi formación me llevó por Roma, Santiago de los Caballeros, Florencia, Valladolid y Barcelona.
Cada ciudad fue una escuela.
Cada comunidad, un hogar.
Cada traslado, un recordatorio de que la misión no tiene fronteras.
No siempre fue fácil.
Mi familia, al principio, tuvo miedo, dudas, resistencias.
Pero el tiempo, la oración y la gracia hicieron su trabajo.
Verlos emocionados el día de mis votos perpetuos y mi ordenación diaconal fue uno de los regalos más grandes de mi vida.
Dios sana. Dios reconcilia. Dios une.
Jóvenes que encienden la vocación
Uno de los regalos más hermosos del camino ha sido el grupo joven de Barcelona.
Con ellos estamos construyendo una verdadera “comunidad de llamados”.
Porque antes de ser misioneros, sacerdotes o consagrados,
somos jóvenes amados por Dios.
No se trata solo de reuniones o actividades.
Se trata de caminar juntos, de ayudarnos a descubrir qué quiere Dios de cada uno, de compartir la alegría del Evangelio.
Ahí he visto la frescura de la fe y la fuerza de una Iglesia joven y viva.
Alegría, humor y santidad
Tengo una gran devoción a san Felipe Neri, el santo de la alegría.
Cuando un joven le preguntó cómo ser santo, él respondió:
“Empieza por no ser tan serio.”
Y tenía razón.
La santidad sin alegría se vuelve dura.
La fe sin sonrisa se vuelve pesada.
Nuestras Constituciones lo dicen precioso:
“Bondad, comprensión, compasión, humildad… y sentido del humor.”
Porque reírse un poco de uno mismo también es humildad.
Y dejar espacio a la gracia.
Luz en medio de la oscuridad
No todo ha sido fácil.
Ha habido dudas, silencios, noches oscuras.
Pero hoy puedo decir esto sin miedo:
Dios convirtió mis heridas en lugares de encuentro con su misericordia.
Nada fue inútil.
Todo formó parte del camino.
Votos, diaconado… y un “sí” definitivo
El 17 de octubre de 2025, al profesar mis votos perpetuos, sentí que mi vida quedaba sellada en el amor de Cristo.
Y al día siguiente, al ser ordenado diácono, entendí que
servir es otra forma de amar.
Durante la celebración solo podía repetir una palabra:
“Gracias.”
Gracias por haber sido llamado.
Gracias por haber sido sostenido.
Gracias por haber sido amado.
Servir donde la vida duele
Para mí, ser diácono significa:
- hacer visible la misericordia de Dios
- estar cerca de quien sufre
- escuchar, acompañar, consolar
- llevar esperanza donde parece que no la hay
Como decía el P. Chevalier:
“El misionero del Sagrado Corazón lleva esperanza donde otros solo ven desesperanza.”
El futuro: no como meta, sino como misión
Miro al sacerdocio no como una meta,
sino como un nuevo comienzo.
No elegí yo este camino.
Él me eligió a mí.
Y si hoy canto,
es porque he comprobado que
la misericordia de Dios no se acaba nunca.
Por eso quiero que toda mi vida siga diciendo:
“Cantaré eternamente la misericordia del Señor.”
Autor: Hno. Gianluca Pitzolu msc